Destino: Piamonte

El Piamonte ha resultado ser justo lo que esperaba: carreteras estrechas rodeadas de colinas con viñedos, vinos de excelente calidad (hasta ahora desconocidos), una cocina lenta y trabajada con una sobremesa sin prisas, historietas detrás de palacetes decadentes… aquí todo va a otra velocidad….una velocidad muy acorde con la que me apetece estando en vacaciones.

Tras una semana intensa de trabajo llegar al Piamonte fue casi idílico. De hecho, tardé más de un día en acostumbrarme al silencio, el olor a tierra mojada y la visión de cerezos en flor en cada esquina.

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Viñedos en otoño

 

En cuanto a la gastronomía, me he llevado un par de sorpresas. No sabía que los platos del Piamonte tenían tanta influencia francesa y también desconocía la ausencia en su cocina de la famosísima pasta. En las cartas de los restaurantes he visto bastante cordero, aves y pescados como el bacalao.

Pero si existe un producto estrella en esta región –que desde luego venía buscando-, sin duda es la trufa blanca, una exclusiva rareza gastronómica cuyo precio puede oscilar entre los 2.500 y los 5.000€ el kg. Su momento es el otoño, pero en esta época también tienen una trufa de primavera llamada “tartuffino” que estaba bastante buena.

Además la zona del Piamonte fue la cuna del chocolate dulce como lo entendemos hoy en día, y donde se inventó el chocolate con avellanas… os podéis imaginar cómo me puse.

Si la introducción os ha convencido, os dejo una mini guía para un fin de semana allí. La idea que tenía de vacaciones era básicamente comer bien, descubrir vinos, dormir sin despertador, pasear por los viñedos, visitar alguna iglesia, investigar y conocer pueblecitos con encanto y comprar mucha trufa blanca para llevarme de vuelta a Madrid.

Transporte

Si vais en avión lo más fácil es volar a Turín (hay vuelo directo desde Madrid). Yo volé a Ginebra porque antes quería visitar a una amiga que vive allí. No os contaré todo lo que supuso llegar desde Ginebra al Piamonte porque tendría para otro post entero pero digamos que cruzar el Mont blanc no es poca cosa.

En Turín lo mejor es alquilar un coche y conducir hasta el pueblecito en el que nos alojemos. Está todo a una hora aproximadamente.

Alojamiento

Estuve investigando bastante los hoteles de la zona, y me gustaron los siguientes:

  • Relais San Maurizio, un Relais Chateaux en Santo Stefano Belbo, a hora y cuarto de Turín. Se sitúa en lo alto de una ladera, rodeado de viñedos. Bastante amplio. Claramente lo están reformando, y hay habitaciones nuevas y otras algo casposas: aseguraros de que os dan una de las que están renovadas porque hay mucha diferencia.

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  • Si en el primero no hay sitio o queréis algo más moderno, hay un pequeño hotel que acaba de abrir, Arborina Relais. A mi me gustó bastante, tiene unas vistas preciosas sobre los viñedos (aunque a diferencia del hotel anterior no está aislado sobre una ladera, sino integrado con otras casas), y unas habitaciones modernas. Si os decidís por este, os recomiendo una de las habitaciones sin jardín: las de arriba tienen mejores vistas.

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También hay mil alojamientos rurales más económicos, como Cascina Arcangelo Raffaele, por la zona también.

Gastronomía y planes

Viernes

Dependiendo de la hora a la que lleguemos podemos descansar en el SPA del hotel y relajarnos para la cena o bien ir a tomar el aperitivo a algún pueblecito de la zona. Yo me acerqué al Barolo (cuna del famoso vino que le da nombre) a tomar un aperitivo.

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Tras un par de copitas de vino pusimos rumbo a Guido Ristorante, a 10 minutos en coche, con una estrella Michelín. El sitio era impresionante, un antiguo palacete que el rey Victor Manuel II dejó a su amante y su hijo ilegítimo. El restaurante está un poco escondido, al fondo de una especie de complejo, pasando el hotel. El palacete tiene tres pisos, la planta baja donde está la cocina a la vista, y la planta primera donde están los salones, con techos altísimos y alguno de ellos con frescos originales.

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Excelente servicio, platos de cocina tradicional piamontesa, ingredientes de calidad y una carta de vinos envidiable. Pedimos un vino de su propia bodega, un reserva del 2004, que estaba realmente bueno.

De cena un huevo con una cama de patata con trufa, espárragos y brócoli crujiente. De segundo Tagliatelle fresco con setas -espectacular- y un bacalao con leche y patata súper delicado, muy bueno. De postre una tarta de miel que se parecía bastante a un crumble, quizá fue lo peor de la cena.

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Pagamos 70€ por persona (vino incluido). Evidentemente no es barato, pero me pareció que tenía muy buena calidad precio teniendo en cuenta el entorno, el servicio, el vino y lo que comimos.

Sábado

Desayuno al lado de los viñedos y rumbo a pasear por los pueblos. Empezamos paseando por Alba, tiene muchas iglesias bonitas que merecen la pena, y calles medievales por las que perderse. Aprovecharía para comprar trufa (la época es en otoño pero en primavera tienen otra variedad que no está nada mal). También puedes comprar salsas envasadas al vacío. Yo me traje de vuelta 3 salsas y 3 trufas blancas, que estaban buenísimas en una tienda llamada ratti elio en la calle principal. La trufa fresca me han dicho que aguanta unos 15 días en la nevera.

Para comer hay varias opciones (importante tener en cuenta que aquí se come como tarde a la una):

  • Si queremos tirar por todo lo alto, en la plaza del centro de Alba está Piazza Duomo, con 3 estrellas Michelín.
  • Si tenemos un presupuesto algo más ajustado, La Piola está fenomenal. Con un precio medio de 25€, el local es muy agradable, con sus contraventanas verde agua y una terraza con vistas a la Catedral de Alba.
  • Otra opción es ir a comer a Priocca, a 15 minutos de Alba, al restaurante Il Centro. No he estado, pero unos amigos míos que van todos los años a Alba nos comentaron que está genial.

Tras la comida pondría rumbo desde Alba a Neive, por una pequeña carretera de campo con preciosas vistas entre las laderas, no vayáis por la autovía (adjunto mapa), unos 20 minutos.

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Neive es un pequeño pueblo de piedra repleto de palacetes decadentes y vistas a viñedos, perfecto para pasear. En Neive uno de los condes de la zona desarrolló la uva que dio lugar al Barbaresco, un variante del famosísimo Barolo, y que estuvimos bebiendo durante todo el finde.

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De Neive volvería a coger el coche hasta Asti (unos 20 minutos por la autovía). Asti me pareció mucho más monumental, con calles anchas y plazas llenas de palacetes y casas señoriales. Asti fue el origen del movimiento para la reunificación Italiana en el siglo XIX, y se nota en cada rincón.

Aprovecharía Asti para merendar un gelato artesanal… yo me zampé uno de chocolate en la calle Collegiata di S. Secondo que tenía un premio nacional al sabor del año. No digo más.

Tras visitar estos pueblecitos/ciudades pusimos rumbo de vuelta al hotel, lo cual fue bastante bonito. Hacía unos 16 grados y caía en sol entre los viñedos.

Para cenar fuimos a otro restaurante con estrella Michelín, que me gustó per menos que el del día anterior, algo casposa la decoración y un menú mal planteado desde mi punto de vista. Se llama Massimo Camia, y es el restaurante de la bodega Damiliano.

Pedimos un reserva de su bodega que estaba francamente espectacular. Para comer el menú degustación, para mi gusto demasiado pesado. Consistía en un huevo escalfado rebozado con carne y frito; pichón troceado con huevo y canónigos con piñones y queso; ravioli de conejo y salsa de pimiento rojo; y un solomillo con rebozado de hierbas provenzales y espárragos con parmesano y castaña. La verdad es que los platos bastante buenos aunque me parecieron algo pesados.

De postre una tartaleta de limón, bastante rica, con una base de sable crujiente, y una especie de lingote de su conocido chocolate con avellana, que no me gustó. Lo sirvieron congelado y no me pareció que estuviese a la altura.

Pagamos unos 100€ por persona, con un vino excepcional y el menú degustación que estaba entorno a los 70€. Creo que si hubiésemos pedido a la carta habría sido más económico y sobretodo menos pesada la cena.

Domingo

Yo el domingo no tuve mucho tiempo porque tenía que volver en coche a Ginebra, pero me hubiese gustado aprovechar el día para hacer una ruta en bici o visitar una bodega. Había muchas rutas por la zona salir a montar en bici, y creo que los hoteles te las prestaban. Comer en alguna bodega con una cata de Barolos también me hubiese encantado, y también te lo organizan allí sobre la marcha, como esta que recomendaba Traveller.

En definitiva, un viaje para disfrutar de unos vinos excepcionales, la trufa blanca, el descanso y silencio de los campos de viñedos y una gastronomía de calidad. Para mi gusto la mejor época es otoño, cuando los viñedos están rebosantes y la trufa y los hongos en su mejor momento.